La Invasión fue lenta pero imparable. Andábamos distraídos y de pronto sentíamos palmadita en la mejilla acompañada de un -¿Qué tal te va?-. Más adelante nos agarraban efusivamente con las dos manos en la cara y nos zarandeaban -¡Hombre, cuánto tiempo!-. Algunos empezaron a echar en falta sus peluquines, y otros recibían collejas invisibles. Todo aquello no era un juego: Era ¡LA INVASIÓN DE LAS MANOS PELMAZAS!