Archivo de Julio de 2010

EL Corral, una Fiesta muy Bestia

EL Corral, una Fiesta muy Bestia. ¿O no?

Gustav Klimt, 1862-1918. Muerte y vida, 1916

Yo no temo a la muerte. Temo a la vida.

Cuando se instalaron en nuestro país ya dejaron entrever sus intenciones al hacer que el cliente se deshiciera de su comida personalmente y conseguir que quien no actuara de esa forma fuera mirado de reojo por el que engullía en el soporte rectangular de al lado. Más adelante supieron imponer con discreción el “Límpiese usted mismo la mesa con las mangas” que ha funcionado con éxito hasta nuestros días. Aunque lo más irritante acontece cuando uno se acerca al zombi que deambula con una fregona entre las manos y tímidamente le hace saber que alguien ha derramado su refresco donde desea sentarse: Una mirada fría, muda y penetrante nos seguirá hasta el lugar, esparcirá el refresco con el palo y desaparecerá para seguir deambulando.

El servicio de mostrador también sigue un criterio estremecedor: El cliente hace un pedido, el empleado anota la comanda en una máquina con muchos botones de colores, y esta llega a la cocina. Después de abonar el importe y tras breves minutos, el cliente puede sentarse a disfrutar del menú, no sin antes regresar al mostrador y reclamar las pajitas para sorber el refresco, exigir al menos tres bolsas más de kétchup y esputar que había pedido la hamburguesa sin queso.

Pero sin duda, la indigencia mental mayúscula que a cualquiera sobrepasa reside en los responsables del McAuto, incapaces de atender un pedido que no sea estrictamente el correspondiente a alguna de las fotos del cartel: Pedir una hamburguesa sin pepinillo puede suponer encontrarse una hamburguesa sólo con pan. Tampoco suelen tener costumbre de poner servilletas en el pedido. Omiten salsas y equivocan refrescos.

I'm lovin' it

Personal de Equipo. La clave del restaurante.

En efecto, esto parece ser un cúmulo de despropósitos. Sin embargo, todo responde a un plan perfectamente diseñado: La cantidad de bilis que puede llegar a segregar el hígado de un cliente maltratado es de tal magnitud que su organismo es capaz de asimilar la ingesta de tóxicos como algo placentero. De esta manera se genera en el cliente la estúpida necesidad de repetir la experiencia.