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Peligro: Animales sueltos

Peligro: Animales sueltos

Una de las mentes indigentes que más proliferan en nuestro país son las de esos, podríamos llamar imbéciles, que no saben usar una glorieta correctamente.

Básicamente existen dos grandes grupos de estos energúmenos: Unos son los que al llegar a una rotonda  no muestran la menor intención de girar un grado el volante de su vehículo, y siguen el trazado como si esta no existiera. Los otros son esos que circulan por el carril izquierdo y creen tener preferencia para salir de la rotonda sobre el automóvil que acaba de pegar un frenazo a su derecha.

Una de las características diferenciales de este tipo de conductores suele ser sus rasgos faciales. Mientras que a los primeros, durante tu sesión de insultos y bocinazos, te miran con una cara estúpida del tipo: “¿Qué le pasa a ese tío?”, los segundos suelen mostrar actitud chulesca y de enfado, haciéndote a ti culpable de su negligencia.

Lamentablemente, hay un elevado número de conductores con esta deficiencia mental y sólo queda constancia estadística cuando hay un golpe entre dos automóviles. Tras varias reuniones con la Dirección General de Tráfico, y estudiando el tema en profundidad, nos han asegurado que a lo largo del próximo año colocarán en las entradas de todas las rotondas la señal de “animales sueltos” como medida preventiva para el resto de los conductores.

Cuando se instalaron en nuestro país ya dejaron entrever sus intenciones al hacer que el cliente se deshiciera de su comida personalmente y conseguir que quien no actuara de esa forma fuera mirado de reojo por el que engullía en el soporte rectangular de al lado. Más adelante supieron imponer con discreción el “Límpiese usted mismo la mesa con las mangas” que ha funcionado con éxito hasta nuestros días. Aunque lo más irritante acontece cuando uno se acerca al zombi que deambula con una fregona entre las manos y tímidamente le hace saber que alguien ha derramado su refresco donde desea sentarse: Una mirada fría, muda y penetrante nos seguirá hasta el lugar, esparcirá el refresco con el palo y desaparecerá para seguir deambulando.

El servicio de mostrador también sigue un criterio estremecedor: El cliente hace un pedido, el empleado anota la comanda en una máquina con muchos botones de colores, y esta llega a la cocina. Después de abonar el importe y tras breves minutos, el cliente puede sentarse a disfrutar del menú, no sin antes regresar al mostrador y reclamar las pajitas para sorber el refresco, exigir al menos tres bolsas más de kétchup y esputar que había pedido la hamburguesa sin queso.

Pero sin duda, la indigencia mental mayúscula que a cualquiera sobrepasa reside en los responsables del McAuto, incapaces de atender un pedido que no sea estrictamente el correspondiente a alguna de las fotos del cartel: Pedir una hamburguesa sin pepinillo puede suponer encontrarse una hamburguesa sólo con pan. Tampoco suelen tener costumbre de poner servilletas en el pedido. Omiten salsas y equivocan refrescos.

I'm lovin' it

Personal de Equipo. La clave del restaurante.

En efecto, esto parece ser un cúmulo de despropósitos. Sin embargo, todo responde a un plan perfectamente diseñado: La cantidad de bilis que puede llegar a segregar el hígado de un cliente maltratado es de tal magnitud que su organismo es capaz de asimilar la ingesta de tóxicos como algo placentero. De esta manera se genera en el cliente la estúpida necesidad de repetir la experiencia.
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Con la excusa de que son modelos “vintage”, ponen a la venta modelos básicos como Stan Smith, Campus, Tennis Classic, o Court Tradition a precios que superan los 75 €, cuando deportivas en la misma línea de otras marcas no superan los 40 €, ni deberían hacerlo.

Nuestros técnicos han hecho un exhaustivo análisis de los cordones,  el cuero, la goma y pegamentos usados en estos modelos y han resuelto que son los mismos que hace 25 o 30 años. No hay rastro de filamentos de oro ni restos de titanio.

Es evidente que la avaricia puede llevar a la indigencia a una mente otrora privilegiada. Sin embargo, lo verdaderamente inquietante viene cuando uno se pasea por el Carrefour un día cualquiera o mejor, en rebajas, y encuentra una hilera de alguno de esos modelos a 30 € y en vez de indignarse uno piensa: ¡Anda, unas Nike a su precio real!