La Cruzada de Eusebio
Capítulo primero
De como Eusebio y sus acompañantes se van a perder en medio de la selva
Capítulo segundo
En que, en manos de los batusi, perece el médico y desaparece la azafata
Capítulo tercero
De como se adentran en tierras Yaconi, son capturados por los batusi y reencuentran a la azafata
Capítulo cuarto
En que se escapan del poblado y son rescatados por Tarsán
Capítulo quinto
De como se recuperan de los nervios haciendo o diciendo gelipolleces e tonteridas
Capítulo sexto
En que trata porque deciden quedarse a vivir ahí, hasta que Dios se mosquea y envía de nuevo a San Dalias
Capítulo séptimo
En que el amor, la salud y el dinero hacen necesario su regreso, por absurdo que pareciere, hasta que, por fin, abandonan la selva

Josep Vinaròs
Aunque de ascendencia española, Josep Vinaròs nació en Nueva York en 1951. A la temprana edad de 22 años pasó a formar parte de la junta directiva de Chrysler y fue unos de sus miembros más proactivos, hasta que la brusca ruptura de su matrimonio le fue convirtiendo progresivamente en un ser desgraciado e inoperante. En la década de los ochenta dio un giro a su vida convirtiéndose en uno de los artistas más transgresores de su época, dejándonos un impagable legado. Murió en la indigencia durante las fuertes nevadas que asolaron Nueva York en el año 2006.
La Cruzada de Eusebio
CAPITULO PRIMERO
- De como Eusebio y sus acompañantes se van a perder en medio de la selva.
Encima del mostrador estaban los billetes para Eusebio y su sobrino discretamente cubiertos por la mano de la recepcionista que, a su vez, esperaba ser cubierta por otro tipo de billetes. Pero Eusebio, antes de soltar la pasta, quería estar completamente seguro de que todo estaba en orden y, quedando absorto en sus propios pensamientos, dio un rápido repaso a los pormenores del viaje.
Todo estaba perfectamente detallado: Si no surgía ningún inconveniente, de aquí a dos días tomarían el bimotor que habría de llevarles a África. Una vez allí, un tal Farrow les escoltaría en camioneta hasta una pequeña aldea interior en la que podrían alquilar varios porteadores, la mitad de los cuales les abandonarían repentinamente, sin esperar a cobrar, al llegar al pie del monte Mutia, y la otra mitad, la más osada, se iría despeñando espectacular y estúpidamente al intentar escalarlo. Sin duda, eso reduciría considerablemente el coste de la expedición y permitiría a Eusebio contratar nuevos porteadores una vez en lo alto del monte que, como le aseguraban en la agencia, irían cayendo uno a uno al intentar cruzar los siniestros pantanos yuyu, lo que le daría opción a contratar a otros nuevos porteadores. No estaba nada mal, de seguir así la cosa, tendría porteadores gratis durante toda la travesía.
- ¡Eh!, perdone una pregunta, señorita: ¿Y si el que se descalabra por ese monte, o el que tropieza justo cruzando los pantanos soy yo? -preguntó Eusebio, que no quería dejar ni un cable suelto.
- No debe preocuparse por eso, señor -contestó la empleada, con la mano agarrotada ya sobre los billetes-. Previniendo esta posibilidad, la agencia ya se ocupa de cobrar a sus clientes siempre por adelantado.
Efectivamente, todo estaba perfectamente detallado.
Tras el desproporcionado cambio de billetes y alternadas las obligadas sonrisas de cortesía, que sólo se usan para quedar bien, Eusebio y Oliver, su sobrino, abandonaron la agencia ojeando un hermoso catálogo a todo color con que se engaña a los clientes una vez se han gastado todo su dinero. Depositado ya dicho catálogo en una papelera pública, caminaron hacia casa dando un enorme rodeo para empaparse bien de la vieja ciudad que iban a dejar.
El desencanto y marginación de aquellas sucias callejuelas por las que iban paseando, no tardaron en traer a Eusebio algunos de los recuerdos de aquellos a ños anteriores, en que coordinaba el centro de catequismo del barrio, donde constantemente debía tratar, con gran psicología, a niños y jóvenes conflictivos, hijos, generalmente, de padres alcohólicos y madres prostitutas; “Como aquel día en que le vino un muchacho corriendo y, avergonzado, le abrazó enseñándole un reloj que acababa de robar. Eusebio hizo un gesto de reprimenda con la cabeza pero, para evitarle el disgusto, se lo compró, tras ver que funcionaba perfectamente, preguntándole, además, si sabía de algunos gemelos bien de precio o de algún encendedor de oro...”; “O aquel en que los chicos se escondieron en aquel callejón oscuro para fumar marihuana y él los sorprendió. Acercándose hacia ellos mirándolos decepcionado les dijo: Esto es lo que os hace débiles. Lo que os pierde. Si en vez de gastaros el dinero que robáis en marihuana, os comprarais un buen libro, al menos podríais aprender cosas útiles para el día de mañana.- Y cuando los chavales asintieron ante las palabras de Eusebio, éste se sentó en el suelo con ellos y continuó: ¡Venga, no pongáis esa cara! ¿No iréis a desperdiciar ahora todo eso? ¡Vamos a fumárnoslo!”; “O aquel otro, cuando pasaba delante de una prostituta, madre de alguno de aquellos muchachos, y ésta, ruborizada, se cubrió parcialmente el rostro con el bolso. El se acercó y le comentó: No debes avergonzarte de lo que, hoy por hoy, es lo único que te da de comer, pero piensa que no toda la vida has de estar así.- Y cuando ésta le aseguró, casi llorando, que realmente no tenía para comer, Eusebio, bondadoso, le puso un billete en el escote y se la llevó a una habitación”; “Y cuando le vinieron aquel par de yonkis con el
mono y él les dio desinteresadamente cacahuetes...”
Aquellos piadosos recuerdos fundiéronse con la nostalgia de aquellas personas que en sus tiempos difíciles, cuando tan solo había subido los primeros peldaños en la larga escalera de su vida, le tendieron una mano amiga, ayudándole con tesón y ahínco, viendo en Eusebio un hombre de pro, capaz de darlo todo por quienes, como él, creyeron que todavía había un alma bondadosa escondida dentro de cada hombre.
Una de aquellas personas era su amigo, y antiguo maestro, el mosén don Gregorio de la Misericordia: un huraño cura que acabó agarrándose a la botella de vino como quien se agarra a las faldas de su madre. Pero Eusebio le quería y, en ese mismo momento estaba lo suficientemente cerca de él como para poder ir a despedirse sin tener que gastarse ni una puta perra gorda en taxis o tranvías.
- Anda, hijo, ¿por qué no vas a casa e invitas a merendar a Diana, y así te despides de ella? -propuso Eusebio a su sobrino, para no agobiarle más con su pasado-. Venga, que se que te mueres de ganas de verla y yo, de paso, me despediré de un amigo mío que hace tiempo que no veo.
- ¡¿De verdad, tío?! -se alegró Oliver, que estaba ya cansado de dar vueltas sin ir a ninguna parte-. Gracias tío, pero ¿no me podrías dejar algún dinerillo suelto...?
- Toma, pero vigilar lo que hacéis ¿eh?, que os podéis quedar ciegos -advirtió Eusebio, repitiendo una de las frases que más usaba tiempo atrás-. ¡Que yo también he sido joven!
