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La Cruzada de Eusebio

Capítulo primero
De como Eusebio y sus acompañantes se van a perder en medio de la selva

Capítulo segundo
En que, en manos de los batusi, perece el médico y desaparece la azafata

Capítulo tercero
De como se adentran en tierras Yaconi, son capturados por los batusi y reencuentran a la azafata

Capítulo cuarto
En que se escapan del poblado y son rescatados por Tarsán

Capítulo quinto
De como se recuperan de los nervios haciendo o diciendo gelipolleces e tonteridas

Capítulo sexto
En que trata porque deciden quedarse a vivir ahí, hasta que Dios se mosquea y envía de nuevo a San Dalias

Capítulo séptimo
En que el amor, la salud y el dinero hacen necesario su regreso, por absurdo que pareciere, hasta que, por fin, abandonan la selva

Epílogo

El autor
Josep Vinaròs
Josep Vinaròs
Aunque de ascendencia española, Josep Vinaròs nació en Nueva York en 1951. A la temprana edad de 22 años pasó a formar parte de la junta directiva de Chrysler y fue unos de sus miembros más proactivos, hasta que la brusca ruptura de su matrimonio le fue convirtiendo progresivamente en un ser desgraciado e inoperante. En la década de los ochenta dio un giro a su vida convirtiéndose en uno de los artistas más transgresores de su época, dejándonos un impagable legado. Murió en la indigencia durante las fuertes nevadas que asolaron Nueva York en el año 2006.
Licencia de la obra
EPILOGO

- De Eusebio y San Dalias.

La poca claridad que entraba en la habitación sólo dejaba ver su cuerpo paralítico enfundado en las limpias, almidonadas y bien colocadas sábanas de su cama, que la enfermera tenía que volver a limpiar, almidonar y colocar cada vez que al cuerpo paralítico de Eusebio le volvía a dar uno de aquellos fuertes espasmos irregulares que los médicos no podían calmar de otra manera que inyectándole un pico, tamaño familiar, de morfina en el ojo. Espasmos que le daban, de rabia, cuando aquella pequeña porción de mente que todavía le funcionaba lograba acordarse de que había regresado de la selva sin haber conseguido cumplir su cometido.
- ¡Doctor, doctor!, ¡al paciente de la 3-16 le ha vuelto a dar un espasmo!
- ¡Pues no se quede ahí pasmada, enfermera! Vaya a buscar rápidamente las correas más fuertes para atarlo a la cama; le haremos algunos electro-shocks al máximo de potencia para ver si reacciona; tráigame, también, todo el equipo de cirugía, le abriré la corteza cerebral para ver que se cuece ahí dentro; ¡y no se olvide de mi vestuario completo de sado-masoquismo!
- ¿El salero para cubrir las heridas también, doctor?
- ¡Por supuesto! Y a usted la quiero ver con dos pinzas en los pezones.
- ¡Ay, doctor!, ¡que brutote es usted... tío bueno!, ¡gallego!
Tras aquella intervención, que por un momento parecía evolucionar favorablemente, pues el paciente reaccionó recuperando la voz en su mayor intensidad, los doctores acabaron abandonando la terapia y la sala de operaciones, declarando a Eusebio clínicamente muerto.


En ese mismo momento, muy lejos de allí, en otra dimensión, dio inicio el triste proceso en que San Dalias iba a ser degradado:
- ¿Da su permiso?
- Adelante. Verá, resulta que acaban de informarme que la persona que ustez debía vigilar ha muerto, para empezar, sin haber cumplido las órdenes. ¿Qué estaba ustez haciendo, ein?
- Pues...
- En fin, San Dalias, mire que se lo advertí con tiempo una y otra vez, y ustez ni puto caso, siempre a la suya. ¿Verdaz?
- Pero...
- ¿No le bastó con los treinta días de arresto en San Quintín? Mire, San Dalias, ...no es que ustez me caiga mal, pero sabe que yo no aguanto a los que quieren pasarse de listos conmigo. Ustez se ha pasau de la raya y ahora deberá atenerse a las consecuencias. ¿Qué me dice?
- Es que...
- Hasta que todo esté dispuesto para que abandone el cuartel, permanecerá arrestau en la batería, a no ser que le necesitemos para alguna cosa (picar hierba, zafarrancho de limpieza, cargar muebles de arriba a abajo...), y después aceptará con honor y resignación su nuevo destino.
- No, si yo...
- ¡Que no me replique, cono! ¿Es que va ustez a tocarme los cojones hasta el último momento? Y póngase firmes cuando hable conmigo, ¡joder!
- No, no señor... sí, señor, digo... no, señor.
- Y dé gracias a que lo destino fuera de este cuartel, porque si no, lo iba a putear a conciencia, ¿entiende? Se iba a pasar ustez la mitaz del tiempo en cocina y la otra mitaz limpiando letrinas. Ande, retírese que ya le avisaremos.
- A la orden. ¿Ordena alguna cosa más?
- Sí, pásese por la peluquería que le corten un poco ese pelo.
- A la orden (¡Me cago en tos tus muertos!).
San Dalias se retiró a la batería y esperó la llegada del humillante momento bebiéndose unas botellas de vino que los colegas habían robado de la cocina (El vino de cocina tenía dos funciones vitales, una era la de poner cuidadosamente cuatro gotitas contadas en la jarra de la gaseosa para darle un poco de color, y la otra, la más importante, consistía en echar grandes chorros en todos los guisos destinados a la tropa para esconder el nauseabundo olor a podrido que desprendían todas las comidas. Eso sí, el que leía la orden para el día siguiente quedaba como un señor al nombrar los platos: “Pollo al vino”, “Cordero al vino”, “Merluza al vino”, “Estofado al vino”...).
Cuando el alcohol ya casi había hecho olvidar la amargura del momento, sonó por los altavoces de la batería:
- San Dalias, preséntese en la furri. San Dalias, preséntese en la furri. ¡A entregar!
Allí estaba esperándole ya el santo de guardia, con todos los papeles desordenados sobre la mesa.


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