
Josep Vinaròs
Aunque de ascendencia española, Josep Vinaròs nació en Nueva York en 1951. A la temprana edad de 22 años pasó a formar parte de la junta directiva de Chrysler y fue unos de sus miembros más proactivos, hasta que la brusca ruptura de su matrimonio le fue convirtiendo progresivamente en un ser desgraciado e inoperante. En la década de los ochenta dio un giro a su vida convirtiéndose en uno de los artistas más transgresores de su época, dejándonos un impagable legado. Murió en la indigencia durante las fuertes nevadas que asolaron Nueva York en el año 2006.
La vieja de las palomas
Hace tiempo, antaño, cuando aun se podían aparcar los coches en los chaflanes de las calles sin tener que pagar por ello ni se inventaban zonas de carga y descarga donde realmente no eran necesarias, había un cruce de caminos donde muchos vecinos acechaban para encontrar un hueco libre donde aparcar sus vehículos durante el tiempo que les daban para comer. No era del todo difícil, sólo había que darse un par de vueltas o pararse allí mismo a la espera de que quedara un espacio que llenar de inmediato.
Sin embargo, había algo terrorífico que convertía ese oasis de estacionamiento en algo despreciable que lo convertía en una de las últimas opciones donde uno querría aparcar su coche. Sólo la desidia de no tener que seguir confiando media hora más en el azar para encontrar un aparcamiento mejor nos llevaba a terminar allí.
Ese terrible problema eran las palomas. Dejar el coche aparcado en cualquiera de los cuatro chaflanes que achataban aquel cruce significaba irremediablemente encontrárselo al regreso lleno de cagadas de paloma. No una, ni dos… muchas, algo repúgnate. Había quien directamente rechazaba aparcar en los centros, donde se alzaban las farolas o justo debajo de dos de los arboles favoritos de estas, los más soleados, pues el daño allí era mucho mayor.
Yo aparcaba en esa zona cuando desistía de buscar dos manzanas más arriba, que era donde me correspondía. Al menos allí siempre había un hueco cuando mi hora de comer se fundía dando vueltas sin poder deshacerme de mi automóvil.
Un día de esos volvía a recoger mi coche cuando observé el desenlace del cuento como un espectador que se cuela en el teatro sin saber que obra está viendo. Había una anciana delgada, muy mayor, de esas que van todas de negro, con dos bolsas blancas de plástico llenas de migas de pan. La anciana metía la mano dentro y sacaba puñados de pan que esparcía con fuerza por el suelo como quien siembra la tierra esperando ver crecer su fruto inmediatamente. Entonces muchas, muchas palomas se dejaban caer desde las mil ramas de los árboles y de las cuatro farolas, a engullir todo aquel pan que la abuela echaba cada vez con más alegría.
De pie, lejos de alguna paloma rezagada que pudiera cargárseme encima, entendí entonces el misterio del chaflán mierdoso. La típica vieja que no tiene otra cosa que hacer que entretenerse dando de comer a las palomas. –Vale, ahora se explica.
Pero me había colado en una obra de teatro, y aquel día había sesión golfa, porque de repente apareció un hombre de unos cuarenta años que comenzó a increpar a la anciana vehementemente, reprochándole su incapacidad de ver las consecuencias de sus actos. Gritaba, exaltado señalando los coches llenos de mierda y el suelo ya resbaladizo. En un principio la vieja no hizo mucho caso y siguió a lo suyo. Yo no quería intervenir pero sí me sentía identificado con el vecino irritado y pensaba – machácala. Un conductor bajó de su coche cagado y comenzó también a espetar a la vieja y al poco otro conductor acabó añadiéndose al griterío coaccionándola para que desistiera para siempre de echarles comida a las palomas en aquel lugar.
Yo, desde lejos, disfrutaba de aquel linchamiento y veía cerca el fin del chaflán de las cagadas. De repente, la anciana, que no acababa de entender por qué la estaban condenando por cuatro migajas de pan estalló en un débil grito entre llantos: – ¿Es que no veis que son la única compañía que tengo?
Creo que en ese momento terminó, sin aplausos, la obra de teatro. Subí a mi cagado coche y me fui.
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